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domingo, 7 de abril de 2013

todavía son nuestras materias primas no renovables la fuente de la economía. la exportación no tradicional no alcanza ni al 20% es que la ilusión de cambio no se ha dado. Carlos Mesa


La estructura productiva de Bolivia se mantiene inalterable desde el comienzo de la década de los años 90 cuando el dominio de las llamadas exportaciones tradicionales, gas y minerales, fue “cruzado” por la aparición fulgurante de producción agroindustrial que se transformó en una opción muy importante para romper el círculo de hierro de materias primas no renovables, ligadas al nacimiento mismo de Bolivia como nación. De ese modo la torta exportadora se dividió en tres partes: gas, minerales y agroindustria, aunque en una línea de desarrollo errática y sujeta a factores externos más que a políticas y estrategia internas.
Plata, estaño y gas fueron los recursos dominantes de nuestra historia económica. En el siglo XIX y primer tercio del siglo XX, complementaron a esas tres materias primas la quina, el guano, el salitre y la goma, y de modo transversal en  todo el transcurso de nuestro pasado y presente, como un recurso paradójico pero crucial, la coca.
Cuando en 1999 las llamadas exportaciones no tradicionales basadas fundamentalmente en la soya y sus derivados, tanto en bruto como con importante valor agregado (aceites), ¡representaron casi el 55 por ciento de nuestras exportaciones totales!, parecía que se abría un nuevo escenario de futuro que comenzaba a hacer realidad la idea de la diversificación que promovió el Plan Bohan en 1942 y el MNR en la segunda mitad de los 50.
A la soya se habían añadido, por ejemplo, productos forestales, madera en bruto y madera tratada, joyería en oro, pieles en bruto y tratadas, castaña, y un conjunto de otros bienes que abrían una muy interesante perspectiva al comercio exterior boliviano. El paso de los años, sin embargo, deslavó esa esperanza de transformación de nuestra matriz productiva. Dos fueron las razones esenciales. La primera, la revolución del gas. Antes de la capitalización las reservas probadas de Bolivia rondaban lo 5 tcfs (trillones de pies cúbicos).
Las inversiones internacionales en el periodo 1996-2000 nos llevaron al “paraíso”. En 2002 se dijo que teníamos  27 tcfs de reservas probadas y 25 tcfs de reservas posibles. Un mar de gas. Se construyó el gasoducto al Brasil y en 1999 comenzamos las exportaciones a ese país que fueron el corazón del crecimiento de nuestros ingresos en la última década. La segunda, el alza espectacular de los precios internacionales de las materias primas a partir del año 2005. Esa alza volvió a impulsar la importancia de los minerales que venían en caída sostenida desde la crisis del estaño de 1985. Si en 1980 equivalían al 62 por ciento de las exportaciones, en 2005 eran apenas el 19 por ciento. Pero a partir del nuevo escenario mundial los minerales volvieron a jugar un rol protagónico.
El panorama en 2012 es muy diferente. El gas representa cerca de la mitad de las exportaciones, los minerales un tercio y los productos “no tradicionales”, apenas el 19 por ciento. La tercera parte de lo que eran hace 15 años. El boom de los precios también ha beneficiado a la agroindustria, pero ha vuelto a distorsionar la composición de nuestros ingresos de divisas. En 2011, exportamos casi 700 millones de dólares en soya y sus derivados, casi 150 millones en castaña, más de 100 millones en torta y aceites de girasol, 65 millones en quinua y más de 25 millones en café, para mencionar los productos agroindustriales más relevantes. Pero en el otro extremo las exportaciones de gas fueron de más de 4.100 millones y las de minerales sumaron casi 3.300 millones.
Para el futuro, los precios de los hidrocarburos mantendrán la tendencia y no se prevén bajas, pero hay tres aspectos preocupantes. El primero tiene que ver con la importación de productos en los que somos deficitarios y la subvención de precios que alcanza fácilmente la cifra de 1.500 millones de dólares. El segundo, que el gas (por la aparición del shale gas) es ya una materia prima transable en el mercado internacional, su precio no se fijará más con base a una “canasta de combustibles” como ahora, lo que determinará un precio real muy por debajo del promedio de 9-11 dólares por millar de pies cúbicos que nos pagan Argentina y Brasil. El tercero es que el “paraíso” no existe.
Las reservas actuales probadas son de 8,2 tcfs. Las inversiones en el rubro son más que urgentes. En cuanto a los minerales, los precios tienden a una ligera baja, no dramática aún, pero que es un llamado de atención para el sector.
Los precios de los alimentos, en cambio, tienden al alza y eso hace pensar que allí está un escenario interesante. Los problemas: nuestra competitividad, el horizonte contradictorio de una frontera agrícola en el límite, y el desafío de una inversión masiva para aumentar exportación de productos como la quinua.
Sea como fuere, la ilusión de la diversificación, que en los 90 parecía una realidad, está de nuevo hoy en entredicho.  

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